EL IESE EN EL CINCUENTENARIO DE LA UNIVERSIDAD DE NAVARRA

Rafael Termes


Cuando en el mes de mayo me hablaron por primera vez del acto que estamos celebrando, me dijeron si estaba dispuesto a disertar durante 30 minutos sobre el papel de la Universidad de Navarra en el IESE. Acepté de inmediato, encantado, aunque, para mis adentros, corregí la expresión terminológica de lo que iba a ser el contenido de mi intervención, porque no cabe hablar del papel de la Universidad de Navarra en el IESE como si se tratasen de dos cosas distintas. El IESE es Universidad de Navarra. Este es nuestro mayor orgullo. El IESE es Universidad de Navarra. Lo fue desde su primer momento y no sólo lo sigue siendo, sino que no tendría ningún sentido si no fuera una parte de, y además muy antigua, de la Universidad de Navarra. Como lo prueba el logo del Instituto -que esto significa la I de IESE- incluso en su última versión, en la que, en méritos a la dimensión internacional del IESE, se ha adoptado la expresión anglosajona Business School, figurando al pie del mismo, en castellano, el nombre de nuestra Alma Mater.

El origen de este Instituto, o Escuela, de la Universidad de Navarra lo ha dejado por escrito Antonio Valero, su primer director. Prescindiendo de los detalles de lo que, a partir de la idea de hacer algo para empresarios, fue la génesis de nuestra entidad, lo cierto es que Antonio nos dice que, en 1957, "tomé conciencia de que lo primero que tenía que hacer era elaborar una propuesta y obtener una primera aprobación del proyecto por parte de las autoridades del Estudio General de Navarra", que así se llamaba, por el momento, nuestra Universidad. Bajo aquel nombre, en efecto, y al impulso del hoy San Josemaría Escrivá de Balaguer, en los locales de la Cámara de Coptos Reales, cedida por la Diputación Foral de Navarra, en 1952, un pequeño grupo de profesores y alumnos, se dedicaron a la enseñanza y aprendizaje del derecho, fundando lo que sería la Facultad de Derecho. El propio San Josemaría lo dejó dicho: "la Universidad de Navarra surgió en1952 -después de rezar durante años: siento alegría al decirlo- con la ilusión de dar vida a una institución universitaria, en la que cuajaran los ideales culturales y apostólicos de un grupo de profesores que sentían con hondura el quehacer docente". A esta primera Facultad, en 1954 se añadió la de Medicina, con su Escuela de Enfermería y en 1955 la de Filosofía y Letras. Teníamos, de hecho, una Universidad, obra corporativa del Opus Dei, nacida de la preocupación apostólica del gran Universitario que fue el Santo Fundador de la Obra; aunque hubo que esperar al 25 de octubre de 1960 para que, al amparo del Decreto Erudiendae de la Sagrada Congregación de Seminarios y Universidades, siendo Sumo Pontífice Su Santidad Juan XXIII, el Estudio General de Navarra fuera elevado al rango de Universidad.

Aquellos ideales culturales y apostólicos de los profesores de derecho que en 1952 cuajaron en la primera de nuestras Facultades, son los mismos ideales que empujaron a Antonio Valero, y a sus primeros colaboradores, a proponer la creación de una escuela de negocios dentro de la Universidad de Navarra. Volvamos, pues, al texto de Antonio Valero quien nos dice que, superadas las reticencias de los que no veían claro que se ubicara en Barcelona una escuela de una Universidad que tenía su sede en Navarra (cito este párrafo de intento), elaboró dos propuestas, la primera, que llamó Propuesta A y otra menos ambiciosa que denominó Propuesta B, manifestando su deseo de que ambas fueran enviadas al Fundador del Estudio General de Navarra. Y añade -cito ahora textualmente- que "cuando yo escribía el Proyecto A pensaba en el Fundador de la Obra y en su gran magnanimidad, en general y en ese caso en concreto en el que se trataba de una obra de gran envergadura profesional y apostólica, que implicaba un centro de rango universitario". Antonio concluye este episodio precisando que "llegó aprobado el Proyecto A, lo que nos fue comunicado -dice- hacia finales de febrero o principios de marzo de 1958. Me llegó a Barcelona el mismo texto que se había enviado con correcciones a mano del Gran Canciller, con su letra característica y escritas con trazo fuerte y de color rojo. Las correcciones introducían una urgencia en la puesta en práctica del proyecto. El Gran Canciller quería que se iniciase pronto, concretamente en otoño de 1958. Y así fue, como, efectivamente, en noviembre de 1958 se inauguraron, con un Programa PADE, las actividades del IESE, que en esa fecha se incorporó a los departamentos de la Universidad de Navarra como cuarta unidad docente por orden de antigüedad, ex-aequo con la Facultad de Ciencias de la Información y la Facultad de Ciencias Biológicas, a las que, al paso de los años, se añadieron las unidades que, bajo distintos nombres, forman la brillante constelación de centros docentes y de investigación de nuestra Universidad.

Es pues totalmente lógico que el IESE, junto con los demás centros, se regocije del cincuentenario de la Universidad de Navarra y haya querido celebrar este acto bajo la presidencia de nuestro Excmo. Rector Magnífico, José María Bastero.

* * *

Carlos Cavallé, nuestro anterior Director General, en algunas ocasiones me ha contado que, hablando con el Decano de Harvard, éste le decia que envidiaba al IESE porque teníamos clara nuestra misión, mientras que ellos estaban dándole vueltas al tema sin que pudieran llegar a definirla. Y no le faltaba razón. El IESE tiene la gran suerte de tener una indiscutible misión, porque nuestra misión no es otra que la que la Universidad de Navarra recibió de su primer Gran Canciller, especificada, desde luego, al campo concreto de nuestra actividad docente e investigadora.

Josemaría Escrivá de Balaguer fue un gran universitario, como lo prueba su curriculum de estudios eclesiásticos y civiles, con una vocación universitaria, que no le abandonó jamás, confesada por él mismo, cuando afirmaba: "Yo amo a la Universidad: me honro de haber sido alumno de la Universidad española", añadiendo, en otra ocasión, "me considero universitario y todo lo que se refiere a la Universidad me apasiona". Lo que él deseaba que fuera la Universidad queda patente en las palabras que pronunció al recibir el título de hijo adoptivo de Pamplona, como homenaje por la fundación de la Universidad de Navarra: "Queremos que aquí se formen hombres doctos, con sentido cristiano de la vida; queremos que en este ambiente, propicio para la reflexión serena, se cultive la ciencia enraizada en los más sólidos principios y que su luz se proyecte por todos los caminos del saber".

Y la misión que confería a la Universidad y, en concreto, a la de Navarra lo proclamó en la sesión de investidura de doctores honoris causa celebrada el 7 de octubre de 1967: "la Universidad tiene como su más alta misión el servicio de los hombres, el ser fermento de la sociedad en que vive: por eso debe investigar la verdad en todos los campos, desde la Teología, ciencia de la fe, llamada a considerar verdades siempre actuales, hasta las demás ciencias del espíritu y de la naturaleza". O cuando dijo que "la educación se dirige a formar cristianos verdaderos, hombres y mujeres íntegros capaces de afrontar con espíritu abierto las situaciones que la vida les depare, de servir a sus conciudadanos y de contribuir a la solución de los grandes problemas de la humanidad, de llevar el testimonio de Cristo donde se encuentren más tarde, en la sociedad". "Por eso -añadía en una entrevista- la religión debe estar presente en la Universidad; y ha de enseñarse a un nivel superior, científico, de buena teología. Una Universidad de la que la religión esté ausente, es una Universidad incompleta porque ignora una dimensión fundamental de la persona humana, que no excluye -sino que exige- las demás dimensiones".

Y algo que afecta, en particular, a nuestros programas Master: "No hay universidad propiamente en las Escuelas, donde -decía- a la transmisión de los saberes, no se una la formación enteriza de las personalidades jóvenes". La primera visita al IESE de San Josemaría, nos cuenta Antonio Valero, "fue probablemente -escribe- en la primavera de 1963. Era un día festivo, quizás sábado o domingo, por la tarde. El edificio estaba vacío, no era jornada de trabajo. El Beato Josemaría hizo un recorrido muy rápido por los pisos en uso, quizás cinco minutos, descendiendo a la planta baja, se sentó en un sofá situado en el vestíbulo. Los demás quedamos de pie alrededor. Permanecimos, creo recordar, unos cinco minutos, se cruzaron algunas frases. En un intervalo de silencio, dirigiéndose a mí, yo era el Director del IESE y la única persona del Instituto presente en aquella visita, me dijo "Antonio, lo de los jóvenes ponedlo en marcha en cuanto podáis", le respondí "Sí, Padre". Se inició el primer curso del Master en octubre de 1964". El Programa Master es, pues, también, inciativa directa del primer Gran Canciller de la Universidad de Navarra.

Antes reproduje sus frases sobre la necesidad de que la religión esté presente en la Universidad. Pero esta enseñanza de la religión ha de entenderse dentro de lo que, considero, es la visión que San Josemaría tiene del espíritu universitario y que cabe expresar en el trilema verdad, libertad, servicio que glosa así:

- El noble afán de saber, que lleva un estudio constante en busca de la verdad.

- El respeto a los diferentes modos de pensar y hacer, resultado del amor a la libertad.

- La disposición de poner al servicio de los otros los logros alcanzados.

En relación con la verdad, en 1974, en una investidura de doctores honoris causa, dijo: "La Universidad sabe que la necesaria objetividad científica rechaza justamente toda neutralidad ideológica, toda ambigüedad, todo confusionismo, toda cobardía: el amor a la verdad compromete la vida y el trabajo entero del científico y sostiene su temple de honradez ante posibles situaciones incómodas, porque a esa rectitud comprometida no corresponde siempre una imagen favorable en la opinión pública".

En relación con la libertad, San Josemaría no quiso eludir el tema del peligro para la fe que, en opinión de algunos, representa la libertad religiosa y, claramente afirma: "Cuando, durante mis años de sacerdocio, no diré que predico, sino que grito mi amor a la libertad personal, noto en algunos un gesto de desconfianza, como si sospechasen que la defensa de la libertad entrañara un peligro para la fe. Que se tranquilicen esos pusilánimes. Exclusivamente atenta contra la fe una equivocada interpretación de la libertad, una libertad sin fin alguno, sin norma objetiva, sin ley, sin responsabilidad. En una palabra: el libertinaje. Desgraciadamente, es eso lo que algunos propugnan; esta reivindicación sí que constituye un atentado a la fe. Por eso no es exacto hablar de libertad de conciencia, que equivale a avalorar como de buena categoría moral que el hombre rechace a Dios. Yo defiendo con todas mis fuerzas la libertad de las conciencias, que denota que a nadie le es lícito impedir que la criatura tribute culto a Dios. Hay que respetar las legítimas ansias de verdad: el hombre tiene obligación grave de buscar al Señor, de conocerle y de adorarle, pero nadie en la tierra debe permitirse imponer al prójimo la práctica de una fe de la que carece; lo mismo que nadie puede arrogarse el derecho de hacer daño al que la ha recibido de Dios".

Y esto es lo que hace posible que la Universidad de Navarra, y dentro de ella el IESE, pueda ser -en palabras del nuevo Santo- "la casa común, lugar de estudio y de amistad; lugar donde deben convivir en paz personas de las diversas tendencias que, en cada momento, sean expresiones del legítimo pluralismo que en la sociedad existe; en un clima de respeto a la libertad de todos, en el que puedan expresarse con serenidad opiniones y pareceres". Y que en 1992, el profesor Alejandro Llano, en aquel entonces Rector de nuestra Universidad, pudiera decir que en el Beato Josemaría, la Universidad de Navarra ha tenido la incomparable fortuna de encontrar un maestro de la libertad. A nosotros podemos considerar dirigidas estas palabras por él pronunciadas en 1970: "Algunos de los que me escucháis me conocéis desde muchos años atrás. Podéis atestiguar que llevo toda mi vida predicando la libertad personal, con personalidad responsabilidad. La he buscado y la busco, por toda la tierra, como Diógenes buscaba un hombre. Y cada día la amo más, la amo sobre todas las cosas terrenas: es un tesoro que no apreciaremos nunca bastante". Valorar ese don precioso en una Universidad -sigue Llano- implica trabajar sin descanso, buscar la verdad sin condicionamientos interiores, respetar las legítimas opiniones de todos, fomentar el pluralismo amando la unidad, ser promotores de un diálogo abierto a cualquier aportación noble, servir a la sociedad con valiente iniciativa y con sacrificio personal.

Finalmente, el espíritu de servicio, quedó ya afirmado al definir la misión de la Universidad o también, cuando al hablar de las condiciones para que la Universidad goce de vida propia, añade que: "teniendo esta vida propia, sabrá darla, en bien de la sociedad entera". Este espíritu de servicio de la Universidad queda, finalmente, claramente expuesto en la respuesta a una pregunta contenida en el libro Conversaciones bajo el epígrafe La Universidad al servicio de la sociedad actual. A propósito de los rasgos que deben caracterizar las instituciones universitarias, San Josemaría concluía así: "Finalmente, el espíritu de humana fraternidad: los talentos propios han de ser puestos al servicio de los demás. Si no, de poco sirven".

Este es el espíritu que, gracias a nuestra pertenencia a la Universidad de Navarra, informa la misión del IESE. El IESE, institución universitaria, de carácter internacional, para la formación y perfeccionamiento de directivos, parte de la convicción de que la empresa es, ante todo, una comunidad de personas y puesto que la persona humana, creada por Dios como ser racional y libre, debe ser tratada de acuerdo con la dignidad que deriva de esta doble condición, el IESE enseña que la persona debe ser el centro de todos los criterios de decisión. Por ello, tanto al impartir los conocimientos necesarios para la gestión, como al ayudar a desarrollar las capacidades propias para la dirección, como al sugerir actitudes ante la realidad que nos envuelve, el IESE tiende a que los que pasan por estas aulas aprendan a tomar sus decisiones teniendo en cuenta no sólo el valor económico de las mismas, necesario para asegurar su viabilidad, sino, además, el valor psicológico, puesto de manifiesto en la satisfacción que la acción produce al que la realiza y, sobre todo, el valor ético, cifrado en el cambio interior que la acción produce tanto en el decisor como en el sujeto pasivo de la decisión. Dicho de una manera sencilla, pero no por ello menos profunda, gracias al espíritu que la Universidad de Navarra recibió de su fundador, sostenido tanto por su primer sucesor Monseñor Alvaro del Portillo, como por nuestro actual Gran Canciller, Monseñor Javier Echevarría, a quien cordialmente agradecemos el artículo expresamente escrito para el número de septiembre de nuestra Revisa, el IESE enseña a sus alumnos, a todos los niveles, que en la medida que sean mejores personas serán mejores directivos.

Barcelona, 22 de octubre de 2002

 


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