CON RECTA CONCIENCIA
Artículo publicado en periódico EXPANSIÓN con motivo de la celebración del XVI aniversario
28 de mayo de 2002

            Al día de hoy, hay todavía personas que, incapaces de rebatir con hechos la probada eficacia del capitalismo para producir más riqueza y bienestar que cualquier otro sistema económico, se dedican a atacarle con argumentos pretendidamente éticos. En la larga lucha entre la economía de mercado y el dirigismo estatal, los partidarios del segundo sistema han reprochado a los del primero el desprecio de la situación de los menos favorecidos por la fortuna, acusándoles de insensibilidad social. Estos reproches no han sido nunca aceptados por los economistas liberales, los cuales, convencidos de la incapacidad de los Gobiernos para resolver los males que los estatistas achacan al mercado, entienden que, aunque la sensibilidad o el sentimentalismo se inclinen a preferir los planteamientos “sociales” del intervencionismo, la razón, juzgando a las doctrinas no por sus declaraciones programáticas sino por sus resultados, ha de concluir que el poder creador de la libertad y la responsabilidad individual juegan en beneficio de todos en forma mejor que pudiera hacerlo un Estado intervencionista animado de los mejores propósitos.

            Pero tales críticas morales al capitalismo, si no han sido aceptadas nunca por los economistas inscritos en esta corriente, sí han hecho mella no sólo en muchos hombres de la calle sin preparación especial, sino también en profesionales, intelectuales, artistas, e incluso en algunos empresarios, los cuales, declarando que desde el punto de vista de la eficacia no hay nada mejor que el capitalismo, sienten la necesidad de matizar su adhesión al sistema, añadiendo que, desde el punto de vista social, es necesario aportar ciertas correcciones al mismo, mediante actuaciones del Estado encaminadas a paliar los supuestos efectos éticamente intolerables del puro capitalismo.

            Yo, por lo menos, me he encontrado con bastantes personas que, inscribiéndose conceptualmente en el capitalismo, parecen tener “mala conciencia” de ello y pretenden dar satisfacción a lo que yo pienso no es sino su “mal formada conciencia”, aceptando, por razones “humanitarias”, ciertos postulados socialistas. Coloquialmente dicho, son capitalistas de mente y socialistas de corazón. Son gentes que, sin llegar a renegar del capitalismo, apoyan una más o menos amplia intervención estatal para remediar lo que, a su modo de ver, son las carencias éticas de la organización capitalista. Con ello, y a consecuencia de la influencia que estas personas ejercen sobre la opinión pública, erosionan los cimientos sobre los que se asientan no sólo las posibilidades de progreso material de la sociedad, sino también sus libertades.

            Por lo tanto, los defensores del liberalismo económico, la economía de mercado o lo que, con un nombre que no gustaba ni a Hayek, llamamos capitalismo, conscientes de que los más inteligentes de nuestros adversarios no discuten ya la ventaja económica de nuestro sistema, sino que le acusan de ser un sistema moralmente inaceptable, no tenemos más remedio que insistir en que no sólo no hay contradicción entre el capitalismo y la ética, sino que la propia naturaleza del modelo capitalista, bien entendido y bien vivido, fomenta el desarrollo de las virtudes morales. En primer lugar, la generosidad. 

La crítica del egoísmo capitalista

No me extrañaría que este aserto causara estupor, ya que una de las mayores críticas al sistema, tal vez la más frecuente, es que se basa en el egoísmo. Mi convicción es la contraria. Sin obstáculo para admitir que los individuos, lo mismo en una sociedad capitalista que en una sociedad socialista, pueden comportarse egoístamente, lo cierto es que el funcionamiento del capitalismo descansa en la generosidad, la magnanimidad y el altruismo. George Gilder, el conocido autor de Riqueza y Pobreza dice textualmente: “El capitalismo empieza por dar. Nadie puede esperar que las recompensas del comercio sean fruto de la codicia, la avaricia o incluso el egoísmo, sino de un espíritu íntimamente afín al altruismo, una consideración de las necesidades del prójimo, un talante humano, sociable y animoso. No el tomar y el consumir, sino el dar, arriesgar y crear es lo que distingue al capitalismo”. Es una manera atractiva de expresar la célebre ley: “la oferta crea su propia demanda”, debida al gran economista francés Jean Baptiste Say, discípulo e introductor en el continente de las teorías de Adam Smith.

            Gilder, glosando esta Ley de Say, dice que la producción capitalista se basa en la confianza; confianza en el prójimo, en la sociedad y en la lógica compensatoria del cosmos. Busca y encontrarás; da y recibirás. Es esta lógica secuencial lo que esencialmente distingue a la economía libre de la socialista. La economía socialista pasa de la definición racional de la necesidad o la demanda a la prescripción de ofertas planificadas. En una economía socialista no se ofrece hasta que no hayan sido determinadas y especificadas las demandas. Impera el racionalismo y éste proscribe las temibles incertidumbres y los correspondientes actos de fe –de magnanimidad diría yo- indispensables para un sistema expansivo e innovador. Bajo el capitalismo, las aventuras de la razón se lanzan a un mundo gobernado por la moralidad y la Providencia. Las dádivas sólo tendrán éxito en la medida en que son “altruistas” y nacen de una comprensión de las necesidades ajenas. En un mundo gobernado por los principios del capitalismo, uno puede dar sin un contrato de compensación, aventurar sin una recompensa segura, buscar las sorpresas del beneficio en vez de la ganancia más limitada del pago contractual, tomar iniciativas en medio de peligros e incertidumbres.

Las causas de la acusación de egoísmo

            Pienso que la acusación de egoísmo de la que el capitalismo es víctima procede de un mal entendimiento de lo que es el “propio interés” esgrimido por el formulador de esta doctrina. En efecto, las frases más citadas –y no siempre bien- para probar el egoísmo en el que, según los detractores, se basa el capitalismo, proceden de La riqueza de las Naciones que Adam Smith publicó en 1776. Una es: “No obtenemos los alimentos de la benevolencia del carnicero, del cervecero o del panadero, sino de su preocupación por su propio interés. No nos dirigimos a sus sentimientos humanitarios, sino a su egoísmo”. Otra: “El individuo –dice- por regla general, no intenta promover el bienestar público ni sabe cuánto está contribuyendo a ello. Prefiriendo apoyar la actividad doméstica en vez de la foránea, sólo busca su propia seguridad, y dirigiendo esa actividad de forma que consiga el mayor valor, sólo busca su propia ganancia, y en éste como en otros casos está conducido por una mano invisible que promueve un objetivo que no entraba en sus propósitos. Tampoco es negativo para la sociedad que no sea parte de su intención, ya que persiguiendo su propio interés promueve el de la sociedad de forma más efectiva que si realmente intentase promoverlo”. Otra, en la que se viene a decir lo mismo en forma más breve: “Es así como los intereses y las pasiones privadas de los individuos les disponen naturalmente a dirigir sus capitales hacia los empleos que en los casos ordinarios son los más ventajosos para la sociedad”. 

            Con éstos y no muchos más mimbres –las palabras egoísmo, busca de la propia ganancia, intereses y pasiones, espigadas de las citas dichas- es cómo se construye la afirmación de que, por elevar los vicios privados a la categoría de virtudes públicas, es inmoral el sistema que hoy conocemos con el nombre de capitalismo. En mi opinión,  las críticas basadas en la propia obra del fundador del sistema, en el caso de que sean de buena fe, pueden proceder de una incorrecta lectura de las frases aducidas, al sacarlas de su contexto. Pero proceden, sin duda, del desconocimiento de la personalidad y del pensamiento del autor escocés. Adam Smith, que fue profesor de filosofía moral en la Universidad de Glasgow, desde 1751 a 1763, durante este período, exactamente en 1759, publicó su primer libro: La Teoría de los sentimientos morales que se abre con esta frase “Por más egoísta que quiera suponerse el hombre, evidentemente hay algunos elementos en su naturaleza que lo hacen interesarse en la suerte de los otros, de tal modo, que la felicidad de éstos le es necesaria, aunque de ello nada obtenga, a no ser el placer de presenciarla”. 

El “interés propio” racional

Pues bien, a mi juicio, leída La riqueza de las Naciones a la luz de La Teoría de los sentimientos morales, es fácil entender que Adam Smith habla de un interés propio “racional”, tratando de indicar que la expresión “interés propio” excede con creces la preocupación exclusiva por uno mismo, el egoísmo, la avidez y la codicia. Puede pensarse que el interés propio desemboca siempre en estas desviaciones morales; pero ello a condición de suponer que los individuos son tan depravados que siempre efectúan esta clase de elección, cosa que no opinaban los fundadores del capitalismo ni opinan sus actuales defensores. Así, Milton y Rose Friedman, en su obra Libres para elegir, destacan el amplio significado que hay que atribuir al concepto de interés propio. “La obsesiva preocupación por el mercado económico –dicen los Friedman- ha dado lugar a una angosta interpretación del interés personal como egoísmo miope, como el exclusivo interés por las ganancias materiales inmediatas. Esto es un grave error. El interés personal no equivale al egoísmo miope, sino que engloba todo cuanto interesa a los participantes en la vida económica, todo lo que valoran, los objetivos que persiguen. El científico que intenta ensanchar las fronteras de su disciplina, el misionero que se esfuerza por convertir a los infieles a la verdadera fe, el filántropo que trata de aliviar los sufrimientos del necesitado, todos ellos procuran colmar su interés personal de acuerdo con sus propios valores”.

La vertiente social del interés propio

            Por otra parte, las reglas del mercado indican que las actuaciones guiadas por la codicia, por el afán de sacar ventajas inmediatas, desatan fuerzas sociales que tarde o temprano destruyen a sus propios actores. Y esto es válido tanto para las personas como para las empresas, las cuales, si pusieran el acento en la obtención y el reparto de beneficios inmediatos, en vez de practicar una magnánima política de inversiones cara al futuro, acabarían en la bancarrota. Por esto el mérito de la economía de mercado es que, aparte de las decisiones que por razones éticas tomen los individuos, el sistema limita la codicia y el interés personal, porque la codicia y el egoísmo cuando se producen pagan su precio. El interés propio entendido en forma estrecha destruye las empresas como destruye a las personas. Para evitar esta destrucción, el sistema capitalista induce a todos a entender el interés propio en forma correcta; es decir, con visión no sólo individual sino también familiar y comunitaria, con preocupación por los demás y no sólo por uno mismo, en forma cooperativa sin merma de la independencia, matizando el amor propio con la autocrítica.

            Puede imaginarse una sociedad compuesta de personas actuando todas ellas correctamente desde el punto de vista moral y que no obstante no funcione desde el punto de vista de la eficacia; es decir, que no logra crear riqueza y bienestar suficiente. Tal sistema sería un fracaso, tal vez también moral, aunque los individuos que en él se movieran fueran personalmente altamente virtuosos, si negligentemente hubieran dejado de poner los medios para lograr la eficacia. El capitalismo funciona porque es el sistema que, por emplear el título de la famosa obra de Adam Smith, ha creado la riqueza de las naciones, llevando el bienestar, a lo largo de la historia, a amplios contingentes de personas. El capitalismo no puede, desde luego, garantizar que todos los hombres serán virtuosos, pero no solamente no se lo impide, sino que, leyendo adecuadamente la definición smithiana, no es que en el capitalismo al buscar el interés propio se logre el bien de los otros, sino que el sistema, por su propia dinámica, induce a las personas a buscar su propio interés comportándose generosamente con los demás. Generosidad que no tiene nada que ver, por supuesto,  con la generosidad de que se llenan la boca los partidarios de las “razones del corazón” cuando piden que el Estado –es decir, los otros- atienda generosamente a las necesidades de ciertos sectores de la población, quedando ellos de esta forma exonerados de cualquier generosidad personal que imponga sacrificio. De hecho, a  medida que el Estado Benefactor se ha ido desarrollando, con cargo al presupuesto y a los impuestos, incluido el inflacionario, han ido mermando las manifestaciones de la generosidad personal –virtud moral- de que está llena la historia de la humanidad.


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