LA PROLONGACIÓN DE LA VIDA LABORAL
Reflexiones antropológicas
Participación en libro colectivo titulado "Los Mayores Activos", publicado por SECOT Octubre de 2001


Escribo esta líneas, en favor de la prolongación de la vida laboral, desde una altura de edad que rebasó con mucho los 65 años legalmente establecidos -nada menos que a fines del siglo XIX- para imponer la jubilación forzosa, sea a demanda del jubilable, sea a demanda, en su caso, del empleador. No digamos aquella edad a la que, en legislaciones más modernas, puede uno acogerse, con determinadas condiciones, a la jubilación anticipada o aquellas otras, inverosímilmente prematuras, a las que, en los últimos tiempos se producen las prejubilaciones y, también, aquellas más tardías a las que, en el mundo empresarial, de mutuo acuerdo entre las partes, se procede al retiro de los altos ejecutivos.

Para mí, gracias a Dios, la salida del mundo de los estadísticamente activos no ha sido más que una formalidad administrativa, sin trascendencia vital alguna. Por ello, puedo decir que, si bien soy legalmente pensionista, no me tengo por jubilado. Sigo teniendo mi jornada tan llena de actividad como siempre la tuve, sin más diferencia, que no es poca, que, desde hace más de diez años, organizo mi tiempo según me place, dando preferencia a una u otras ocupaciones de la forma que entiendo es mejor, aunque, en algunas ocasiones, los compromisos voluntariamente contraídos me obliguen a dar paso a lo perentorio por encima de lo que desearía hacer, por estimarlo más importante. Todo esto es así, gracias a Dios, repito, porque Él generosamente me mantiene en condiciones físicas y psíquicas que me lo permiten y, además, porque ha propiciado una serie de circunstancias que lo hacen factible.

La necesidad de prolongar la vida laboral

Me he atrevido a formular la precedente confesión autobiográfica para poder decir que, desde mi observatorio, me produce gran pena ver que -al lado de pensionistas que se mantienen activos, dedicándose a trabajos que, no sólo redundan en la prolongación de la nunca acabada formación profesional, sino que además, benefician a los demás- hay un gran número de personas mayores que flotan entre la insatisfacción y el desánimo por no saber qué hacer. De hecho, la presente situación de jubilaciones, jubilaciones anticipadas y prejubilaciones, dejando sin trabajo a los mayores, so pretexto de dar trabajo a los jóvenes, me parece una aberración de tal calibre que sólo se explica que se haya producido, y durante décadas mantenido, por la prevalencia del pensamiento utópico, de raíz socialista, cuyos buenos deseos chocan con la indestructible realidad de los hechos.

Comprobada la ineficiencia de la fórmula arbitrada, me parece que hoy tanto desde el punto de vista demográfico como del económico, se va haciendo evidente la necesidad de permitir y fomentar, en términos legales, la prolongación de la vida laboral; máxime si se tiene en cuenta que la desafortunada elección europea en favor del modelo de pensiones de reparto, tiende necesariamente, a medio plazo, al desequilibrio intrínseco, sólo subsanable por la reducción disimulada del importe de la pensión o por el recurso a los Presupuestos Generales del Estado.

Una aclaración previa

Incidentalmente, porque hoy no es este mi objetivo, quiero recordar que la relación entre demografía y sistema de pensiones sólo se da cuando el sistema es de reparto. La constitución de una pensión para atender a las contingencias del futuro, tales como la jubilación, la enfermedad, la viudedad, la orfandad, al igual que sucede con el seguro de vida o de accidentes, no es una cuestión de reparto de la renta nacional, sino de distribución de la propia renta a lo largo de la vida de cada uno. Si yo, hoy, consumo menos para ahorrar más y este ahorro lo invierto adecuadamente, tendré más, llegado, por ejemplo, el momento de la jubilación para disfrutar de lo acumulado, sea en forma de capital a percibir de una vez, sea en forma de renta vitalicia. Si, hoy, gasto más y ahorro menos, tendré menos el día de mañana. De aquí que mi pensión de jubilación no la debo al Estado ni a nadie; es el resultado de mi propio ahorro. La socialdemocracia, al implantar el sistema de pensiones de reparto, ha pervertido el sentido de la pensión, que, por su propia naturaleza, es resultado del ahorro individual, convirtiéndola en el resultado de un proceso de redistribución de rentas. En este sistema, las pensiones de los jubilados de ayer las pagan las rentas de los trabajadores de hoy, que no saben si, cuando se jubilen, habrá trabajadores suficientes para pagar sus pensiones. La espuria motivación política de este planteamiento es clara: induce a los ciudadanos a pensar que sus pensiones las deben al Estado que es quien, llegada la jubilación, se las paga. De aquí que los políticos, a pesar de la injusticia y la ineficacia inherente al modelo, quieran mantenerlo y, como sucede en España en el malhadado Pacto de Toledo, se limiten a aportar los necesarios apaños para que no quiebre demasiado pronto el modelo. 

La constitución de las pensiones de los ciudadanos no es materia que forme parte de las funciones primigenias del Estado; es cuestión privada. Lo cual no quiere decir que el Estado no deba preocuparse, en virtud de su función subsidiaria, de otorgar las pensiones de subsistencia, que llamamos asistenciales, a aquellos que, a lo largo de su vida, no han tenido la posibilidad de constituir su propia pensión. De aquí se deduce el derecho y la obligación del Estado a obligar a que, de todas las rentas percibidas por las personas físicas, singularmente las procedentes del trabajo, el pagador de las mismas retenga una parte para destinarla a la dotación de un fondo del que, en su día, derivar una pensión vitalicia, equivalente, por lo menos, al último salario percibido por el sujeto activo. La razón es obvia. Si los individuos, por imprudente negligencia, dejaran de construir su propia pensión, al caer en la indigencia, el Estado, en ejercicio de la susodicha función subsidiaria, vendría obligado a pasar una pensión asistencial a personas que podrían habérsela labrado, con el subsiguiente perjuicio del conjunto de los contribuyentes.

Pero lo que acabo de decir no implica, ni mucho menos, que el Estado deba ocuparse de la administración y destino de los fondos retenidos, los cuales deben ponerse a disposición del ente capitalizador libremente elegido por el titular de los mismos. De esta forma, cada individuo puede conocer, periódicamente, a cuánto asciende su inversión -cosa que no sucede con las cotizaciones satisfechas al sistema de reparto- con la facultad, mientras dure su vida laboral, de traspasarla a la capitalizadora de su gusto, de entre las legalmente autorizadas y supervisadas -que ésta si es misión del Estado, en tanto que regulador del marco de la libre competencia- y, llegado el momento de la jubilación, disponer del importe acumulado o adquirir con él una pensión vitalicia.

Queda pues claro, a mi juicio, que correctamente hablando, el tema de las pensiones no tiene nada que ver con la demografía. En un sistema de capitalización la relación de dependencia entre ocupados y jubilados no tiene ninguna relevancia. Lo que importa es tener trabajo -y es seguro que en un régimen liberal lo habrá más que en un régimen intervenido- percibir rentas, destinar, por encima del mínimo obligatorio, más o menos dinero, según sea la pensión a la que se aspira, y acertar en la elección de la capitalizadora, de entre las que operan en competencia. En el bien entendido que en un régimen de correcta supervisión, las diferencias, como resultado de elegir una u otra capitalizadora, con poder ser importantes, nunca serán sustanciales, como sucede, actualmente, con los fondos de inversión mobiliaria y con los fondos de pensiones privados, a cuyas rentabilidades, desgraciadamente, no tienen acceso aquellos que, no teniendo otros medios, se ven obligados a cotizar a la Seguridad Social. Si estas cotizaciones pudieran ser destinadas a fondos de libre elección, sin duda que los resultados, para los cotizantes, serían mejores de los que hoy pueden esperar del sistema de la Seguridad Social.

Las razones para alargar la vida laboral

Esto sentado, en orden a dejar claro lo que en esta materia opino, no pienso ahora abogar en pro de la prolongación de la vida laboral utilizando argumentos demográficos o económicos. Estoy seguro de que otros trabajos contenidos en este volumen lo hacen con acierto, aportando razones tanto teóricas como empíricas. A mí me gustaría razonar en términos culturales, mejor, antropológicos, es decir, a partir de la realidad integral del hombre y de lo que le conviene en todos los aspectos de su entidad. Y lo que el hombre -y la mujer- primordialmente necesita es dar sentido a su vida. 

Advertencia entre paréntesis

Antes de pasar adelante, advertiré que no repetiré lo de la mujer, cayendo en el papanatismo tan "políticamente correcto" de añadir, a cada paso, la palabra mujer a la de hombre, para no ser tachado de machista. Desde siempre, en castellano, bajo la palabra hombre se comprende todo el género humano. Así lo afirma el diccionario de la Real Academia en la primera y, por lo tanto, más general acepción del vocablo. Y no puede ser de otra manera, por lo menos en nuestra tradición judeo-cristiana. En el primer capítulo del Génesis leemos, en efecto, que Dios creó al hombre a su imagen; varón y mujer -masculum et feminam- los creó. Lo que se opone a mujer no es hombre, lo que se opone a mujer es varón; hombre designa tanto al varón como a la mujer. Todo lo que se predica del hombre, se predica del varón y de la mujer. Es, por lo tanto, innecesario aclararlo, es más, es incorrecto. Que ninguna mujer se me alborote, pues, si en lo que sigue no se ve citada, al hablar, por ejemplo, de los derechos del hombre. Los derechos del hombre son los de la raza humana, aunque dentro de ellos, pueda, a veces, ser necesario distinguir entre los derechos del varón y los derechos de la mujer.

El trabajo y el sentido de la vida

Decía, volviendo al hilo del discurso, que el hombre necesita dar sentido a su vida, lo cual, tanto desde el punto de vista natural como sobrenatural, significa realizarse en el ejercicio de su trabajo, sea de la clase que sea. Realización que tiene lugar cuando el hombre verifica que su trabajo produce un resultado económico, con el que satisfacer necesidades materiales de la sociedad, en su conjunto, empezando, desde luego, por las suyas propias. Pero, esta autorrealización aumenta de grado si el hombre, al trabajar, experimenta la doble satisfacción de, por un lado, hacer algo que le gusta y, por otro lado, mejorar, mediante el aprendizaje derivado de la reiteración de los actos, su nivel de formación, de acuerdo con su peculiar vocación profesional. Y la autorrealización llega al máximo si el hombre, al moverse por motivaciones trascendentes, experimenta la satisfacción de comprobar que sus actuaciones revierten en beneficio de los demás, entendiendo por los demás, no la masa anónima, sino la persona del prójimo, que es como otro yo, o, también, un conjunto concreto de otras personas.

Por lo tanto, es lógico que el hombre, mientras conserve facultades físicas e intelectuales suficientes, desee seguir trabajando, con independencia de la edad cronológica alcanzada, a fin de seguir realizándose como hombre; a fin de encontrar sentido a la propia vida. De aquí la frustración, que puede devenir en trauma psicológico, producido por la jubilación, impuesta por exigencias legales o por determinación unilateral del empleador, cuando el sujeto se considera capaz de seguir desempeñando el cometido que venía realizando. La experiencia cotidiana nos dice que esta frustración, derivada de la jubilación no deseada, aumenta, a medida que, gracias a los avances de la ciencia, aumenta la esperanza de vida, que, en los últimos veinticinco años, en la media del varón y la mujer, ha pasado de 72 a 79 años, y a medida que se comprueba que, a la misma edad cronológica, se es cada vez más joven que antes. Cuando se promulgó la ley del retiro obligatorio e incluso hace tan sólo un cuarto de siglo, una persona de 65 años era un viejo; hoy una persona de 75 años es, simplemente, una persona mayor. Y, sin embargo, lo cierto es que, en la actualidad no son pocas las personas que se acogen, o son incitadas a acogerse, a la jubilación anticipada a los 60 años; y son, desde luego, demasiadas las que, por circunstancias que, tal vez, podamos suponer pasajeras, son invitadas a prejubilarse a edades muy por debajo de los 60 años.

SECOT nació, hace algo más de 10 años, precisamente para resolver el problema psicológico de todas estas personas que se ven obligadas, impulsadas o incitadas a abandonar su actividad laboral corriente, a edades en las que se consideran capaces de aportar, a su propia empresa, en primer lugar, y a la sociedad en general, los conocimientos y la experiencia que han acumulado a lo largo de su vida profesional. Y la verdad es que SECOT va logrando lo que se propuso, al facilitar a estas personas, que llamamos Seniors, ocupaciones no remuneradas pero que les permiten mantener la autorrealización y la autoestima que estaban en trance de perder. Pero entiendo que esta fórmula puesta en marcha por SECOT, y las que puedan ofrecer organizaciones privadas de diverso tipo, no pueden, a la larga, ser una verdadera solución para el problema que nos ocupa, ya que ésta ha de hallarse en la prolongación de la actividad laboral remunerada por encima de la actual edad legal de jubilación que, si nos atenemos al progreso del potencial de rendimiento del hombre actual, está sin duda muy desfasada.

Estoy convencido de que 65 años es, en términos generales, una edad demasiado temprana para jubilarse. No sabría decir hasta dónde habría que elevarla porque, si bien para algunas actividades la edad de 70 años puede, en términos generales, ser demasiado tardía, para otras profesiones 75 e incluso más, siempre en términos generales, puede ser perfectamente razonable. De aquí que no sabría decir si debería haber una edad legal de jubilación o dejar el tema a la libre decisión de cada cual, o al acuerdo, caso por caso, entre el empleado y su empleador. A mí, como liberal que soy, me gusta más lo segundo, pero comprendo que es materia que tiene difíciles implicaciones, derivadas, casi todas ellas, de la exigencia para las empresas de preservar y mejorar la productividad del trabajo y la eficiencia de la explotación.

Investigando fórmulas adecuadas

Por esto, pienso que habría que avanzar hacia fórmulas flexibles que, sin merma, más en beneficio de las exigencias empresariales, permitiesen a las personas mantenerse realizadas también en las últimas etapas de su vida, sin más límites que aquellos que la naturaleza, gobernada por la providencia divina, quiera imponer. Esto requiere, en primer lugar, hallar maneras razonables de atemperar o graduar el tránsito desde la plena actividad contractual al cese total de la misma. Cabe perfectamente imaginar que una persona que ha desempeñado una función ejecutiva en una empresa, pacte con su empleador que, a partir de un determinado momento, en lugar de jubilarse, cambie esta actividad ejecutiva por otra de asesoramiento en una determinada función, asignándole a alguno de los comités constituidos para ciertos fines; o, todavía mejor, se dedique a la formación de generaciones más jóvenes de empleados, a los que puede transmitir sus conocimientos y experiencias, con mejora de la calidad del capital humano de la empresa. Este cambio puede suponer, y normalmente será lógico que suponga, una reducción tanto de los emolumentos como del horario de trabajo. En cuanto a lo primero, habrá llegado el momento de disponer, sin jubilarse, del fondo de pensiones, lo cual, si se trata de un fondo privado de capitalización, podrá hacerse en forma parcial para completar hasta el nivel anterior la nueva remuneración pactada. En cuanto a lo segundo, la hipotética persona que estamos considerando podrá destinar tiempo a su familia y a aquellas otras actividades que le apetezcan, pero sin caer en la condición de jubilado. Será simplemente una persona en activo que dispone de más tiempo para "sus" cosas. Es posible, desde luego, imaginar alternativas a la fórmula descrita y que conduzcan al mismo resultado. Como, pongo por caso, que nuestro hombre al jubilarse en una empresa, y empezando a percibir su pensión, sea contratado por otra empresa que busca un trabajador a tiempo parcial o que, gracias a las nuevas tecnologías, realice su cometido a distancia, desde el domicilio familiar, por ejemplo, percibiendo una remuneración, sin por ello perder el derecho a la pensión.

La prolongación de la vida laboral es patente en los Estados Unidos, donde cada vez más trabajadores siguen en activo después de los 65 años, y todo indica que esta tendencia se reforzará, sobre todo en el sector servicios donde la demanda de personal supera a la oferta. Las estadísticas estadounidenses dicen que el porcentaje de personas entre 70 y 75 años que trabajan o buscan trabajo, en los últimos diez años, ha pasado del 11,3% al 13,5%. Y lo más digno de consideración es que las personas con más de 75 años que siguen trabajando representan actualmente el 5,3% de la fuerza laboral. Las razones que explican esta tendencia a prolongar la vida laboral son claras. No se trata sólo de que, al igual que sucede en otras partes del mundo, los trabajadores, al alcanzar la edad de jubilación en mejor estado de salud, se sienten con más fuerzas para continuar en activo y con igual o mayor curiosidad intelectual para adentrarse en los campos de la nueva economía. Se trata, sobre todo, de que la flexibilidad institucional de los Estados Unidos facilita los acuerdos entre los trabajadores mayores y los empleadores, los cuales, el año pasado, lograron que se modificaran las normas que penalizaban a los jubilados que compatibilizaban el cobro de la pensión estatal con alguna actividad remunerada. Ahora pueden seguir ocupados en trabajos remunerados, sin merma de las pensiones públicas.

Como se objetará, para que lo que, según acabo de describir, sucede en los Estados Unidos pueda darse en Europa y, concretamente, en España, sería necesario que cambiara el papel del Estado en lo que se refiere a la contratación laboral, a los derechos de los sindicatos, a los impuestos al trabajo en forma de cotizaciones sociales, etc. Así es. La prolongación de la vida laboral difícilmente podrá lograrse por imposición legal; es preciso que se liberalicen las relaciones laborales hasta el extremo de hacer posible que empleado y empleador se pongan de acuerdo, en cada caso, para instrumentar situaciones que convengan a ambas partes, sin producir efectos fiscales o parafiscales que desanimen la adopción de tales fórmulas. No me cabe duda de que, en un tiempo de especialización del producto y de nuevas tecnologías, hay mercado para empleos a tiempo parcial, horarios flexibles y trabajo a domicilio. Para que todo ello dé sus frutos, en orden a la prolongación de la vida laboral, sólo hace falta dejar operar al mercado sin interferencias, reglamentarias o fiscales, de corte estatista.

La dedicación a la familia, citada más arriba, como una de las ocupaciones del que, en vez de jubilarse, entra en régimen de trabajo a tiempo parcial, me permite traer a colación el hecho de que todo hombre, al lado de la vertiente económica, que tiende a confluir con la laboral o profesional, tiene la vertiente familiar, la social, la política, la cultural, la religiosa. Todas ellas integran al hombre total y a todas ellas debe atender. Así es, estrictamente hablando, por lo que respecta a la familia; en cuanto a las otras vertientes, debe, por lo menos, poder dedicarse a ellas. En lo que se refiere a la familia, alguien puede decir que para atenderla, no hay nada mejor que jubilarse pronto. Quien así hablara, demostraría desconocer la realidad. El que se jubila a una edad temprana y, de la noche a la mañana, pasa de una larga jornada laboral a no tener nada que hacer en todo el día, cae en la familia como un estorbo, creándose una situación que le origina un sentimiento de inutilidad, con la consiguiente disminución o incluso pérdida de la autoestima. El que, sin jubilarse, entra en régimen de trabajo a tiempo parcial, puede dedicar más tiempo que antes a la familia y esta mayor presencia en la casa de alguien, que no por ello deja de tener obligaciones laborales, es agradecida por los demás, al tiempo que produce satisfacción al propio sujeto.

No es difícil encontrar ejemplos de las diversas maneras de prolongar la vida laboral, en forma que resulte compatible con la realidad económica y en beneficio de las empresas donde se adopten. Como paradigma de todas ellas, citaré para acabar un hecho ocurrido en Lakewood, Ohio, y que demuestra que en esta materia, como en tantas otras, la imaginación o, mejor, la creatividad del hombre para hallar soluciones válidas a los problemas con los que nos enfrentamos es inagotable.

El caso de Bonne Bell

Según relata The Wall Street Journal, el pasado febrero, la firma Bonne Bell, fabricante de barras de labios de distintos sabores, tiene una línea de montaje donde trabajan 86 personas, todos mayores, con un promedio de edad de 70 años. El más viejo acaba de cumplir 90 y el propio jefe de la empresa, Jess Bell, hijo del fundador de la compañía, tiene 76. El nacimiento del departamento de mayores de Bonne Bell merece ser sumariamente, recordado. Jesse Grover Bell era un comerciante de cosméticos y medias de Kansas que cuando llegó a Lakewood comenzó a vender un limpiador facial que se convirtió en favorito de varias generaciones de adolescentes preocupadas por su cutis. La popularidad del producto le indujo a crear una compañía a la que puso el nombre de su hija mayor: Bonne.

Bajo el impulso del fundador, que presidió la compañía hasta su muerte a los 80 años, Bonne Bell creció provechosamente hasta convertirse en una respetable empresa familiar con una plantilla de 500 empleados, valorada en 100 millones de dólares. En 1995, el acopio de pedidos y la competencia en el mercado laboral, crearon tales retrasos en el servicio, que la compañía, que buscaba trabajadores sin encontrarlos, se vio obligada a recurrir a varias agencias de trabajo temporal que no lograron resolver satisfactoriamente el atasco. Jess Bell que, desde la muerte de su padre, estaba al frente del negocio, junto con su mujer Julie hacían horas extras los fines de semana, empaquetando las barras de labios en sus cajas. Al llegar la temporada navideña, era tanta la tensión que pidieron a los jubilados de la empresa que les echasen una mano, y su ayuda fue más que efectiva. Y fue entonces cuando Jess tuvo la visión que iba a resolver definitivamente los problemas. ¿Por qué no crear una línea de montaje con personal jubilado? Si bien en un principio pensó que sería bueno integrar estas personas mayores con otras más jóvenes, lo cual podría tener ventajas, luego, su propia experiencia le hizo comprender que a los jubilados no les resulta grato trabajar con gente más rápida y con más facilidad para adaptarse a los cambios. Además, se dijo, cuando se tienen más de 60 años, uno no necesariamente quiere oír las conversaciones de los veinteañeros y mucho menos su música. Y así nació el departamento de montaje formado exclusivamente por jubilados.

Veamos algunas de sus características y oigamos los comentarios de los que allí trabajan. En el turno de mañana Frank Sinatra ameniza la línea de montaje número tres. Juliana Carlton, con 65 años y madre de 11 hijos, está a cargo de ocho trabajadores que meten un gel de brillantina, un esmalte de uñas y un pintalabios en un minúsculo neceser de plástico. Carlton controla su lista de trabajo para ver cuántas cajas se necesitan. Lleva la cuenta durante el turno para asegurarse de que cumplen el pedido. No es un trabajo duro, dice ella, pero esto es precisamente lo que le gusta. Eso y el hecho de que trabaja con otros como ella. Carlton tiene poco interés en trabajar con gente más joven. "He criado a mis hijos. Ahora me toca estar con los de mi edad. Podemos conversar. No tenemos que competir", dice. Si alguno está enfermo, ella le reemplaza. Si alguien se levanta un día con dolor de articulaciones, le traslada a un puesto más sencillo. "Sé lo que es la artritis", precisa la encargada.

Connie Bowen, que era vecina de Carlton en Lakewood, se sitúa al principio de la cadena porque es rápida y puede mantener un flujo fluido en la entrada de productos que llegan por la cinta transportadora. Bowen trabajó durante años en International Business Machines Corp., registrando datos en tarjetas y suministrando información a los ordenadores. Ahora, abandonado el mundo de la informática, que requiere personal joven, se ocupa de algo para lo que se siente dotada y donde es feliz. Porque, ciertamente, no todos los trabajos son adecuados para empleados de más edad. Pero Jess Bell, aunque no conocía otras compañías que tuvieran departamento como el que quería crear, pensaba que la idea podría funcionar en Bonne Bell. Tuvo que vencer dificultades internas porque la idea dominante es que los trabajadores de más edad son demasiado lentos o demasiado caros, incapaces de adaptarse a un mundo fascinado por las nuevas tecnologías. Y así le respondieron los encargados de manufactura y empaquetado, cuando les sugirió la idea del departamento. Se echaron atrás. Dijeron que la gente mayor sería ineficaz, les preocupaba que se quejasen de que no podían hacer el trabajo, o que necesitasen descansos. Pero Bell se negó a aceptar estas alegaciones. "Vamos a probar -dijo a los demás- y veremos si funciona". Y funcionó.

Bell comenzó de manera gradual, hasta que estuvo seguro de que la gente le respondía como él esperaba. En la actualidad hay cerca de 50 jubilados en cada turno. La mayoría son mujeres, muchas de ellas viudas. El salario inicial es de 7,5$, más de un dólar por encima del mínimo, y sube a 8$ después de un año. No se pagan seguros de salud, pero casi todos los que llegan tienen su propia cobertura. Para algunos de los ex-jubilados esta es una manera de reforzar sus pensiones. Para todos ellos es una forma de sentirse activos. Y para Bonne Bell ha sido un excelente negocio. Algo, en definitiva, digno de ser imitado.

La verdadera razón para el cambio

Los comentarios de prensa indican que los gobiernos europeos y, con ellos el español, están dispuestos a estudiar la manera de proceder a esta prolongación de la vida laboral, para resolver el problema del riesgo de insolvencia que amenaza a los sistemas de pensiones europeos. Es, desde luego, una buena noticia. Pero la razón para prolongar la vida laboral no debe ser la invocada. Aun en ausencia del problema de las pensiones, que debe resolverse, como he dicho, por el camino del paso, aunque sea gradual, al sistema privado de capitalización, la prolongación de la vida laboral, en las actuales condiciones de longevidad y mejora de la salud, es una consecuencia de la dignidad del hombre que exige que todos, cualquiera que sea su edad, puedan realizarse de acuerdo con sus capacidades, en la forma que, en régimen de libre mercado, logren instrumentar.


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