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EL HOMBRE "NATURALMENTE" LIBRE Y MAXIMIZADOR Rafael Sánchez Ferlosio en un reciente artículo (ABC 20.2.01) dedicado a comentar otro de Mario Vargas Llosa, me hace el honor de citarme reproduciendo una frase que, efectivamente, escribí en 1985 y que rezaba: "Para mí, el hombre es por naturaleza maximizador". No entiendo porqué a este sintagma lo califica de "dharma empresarial", apelando al término sánscrito para convertir mi proposición, no sé si con intención peyorativa, en el código de conducta particular de la clase empresarial; salvo que el autor haya captado que todo hombre es empresario de su propio proyecto de vida. En cualquier caso, lo que importa es que todo el artículo de mi homónimo va dirigido a desvelar la, según él, inmensa falacia consistente en la concepción naturalista de las leyes de la economía, utilizada, en su opinión, para asentar la arrolladora marcha de la economía liberal. Pienso que la marcha del pensamiento liberal, entre el enjambre de las actuaciones intervencionistas de los gobiernos, sean socialistas sean conservadores, resulta más azarosa que arrolladora. Pero al margen de esta observación de la "realidad", no puedo dejar de afirmar, a mucha honra, que la tesis que subyace tras la frase por la que fui citado en el artículo de Sánchez Ferlosio, es ciertamente liberal iusnaturalista, no responde a ningún propósito esotérico y es bastante sencilla de formular y entender. Sabemos, por propia experiencia, por observación de lo que ocurre a nuestro alrededor y por la enseñanza de la más sana filosofía, que el hombre en su polifacético obrar, busca inexorablemente la felicidad, aunque en la apreciación de lo que apetece como bueno pueda errar, y de hecho yerra, lo cual no impide afirmar que la voluntad humana tiende siempre al bien previamente aprehendido como tal por el intelecto, ya que la voluntad nada puede querer sino bajo la razón de bien. Y tiende tanto más necesariamente hacia el bien conocido, cuanto mayor sea, en la aprehensión intelectual, la relación de necesidad entre el bien en cuestión y la felicidad. Cuando el hombre alcanza la certeza de esta relación, entonces su voluntad se adhiere necesariamente a estos bienes -trascendentes o no- en los que consiste la verdadera felicidad. Esta adhesión necesaria de la voluntad al bien conocido como supremo, o como conducente a él, no quita la libertad del hombre ya que todo sujeto que posea libertad es, por naturaleza libre aunque no siempre obre libremente. Sartre, el filósofo existencialista que en tantas cosas erró, acierta al afirmar que "el hombre es necesariamente libre", coincidiendo con la doctrina tomista, según la cual "la voluntad apetece libremente la felicidad, aunque la apetezca de modo necesario". Parece, pues, evidente que, en esta búsqueda de la felicidad, el hombre, cuando tenga que elegir, tenderá a preferir siempre aquello que le produce mayor satisfacción, utilidad o bienestar. Bien puede suceder que por razones morales, ya sean de índole religiosa o simplemente éticas, haga lo contrario. Pero ello no obsta para concluir que el hombre actúa siempre para acrecentar la satisfacción personal, aunque a veces sea la satisfacción moral de privarse de algo para contribuir directamente a la mejoría de la condición ajena. En este sentido, es lícito decir que el hombre es "maximizador" porque tiende siempre a elegir aquella opción que le produzca el mayor valor. Pero es necesario aclarar que se trata del mayor valor subjetivo, porque la utilidad del resultado es inseparable de la cantidad y calidad del esfuerzo necesario para obtenerlo. A consecuencia de ello, cada uno valorará a un nivel distinto la "utilidad" -material o espiritual, terrena o trascendente- de la acción a realizar, o a omitir, en relación con el esfuerzo o privación que la acción o la omisión supongan, y de ello surgirán diferentes actuacioes -mezquinas, mediocres o heroicas- frente a la continua necesidad de elegir que es la vida. Pero todos habrán tendido a maximizar su propia función de utilidad. Para unos, el objetivo "vale la pena", para otros no. Sin embargo, la observación de la realidad produce la impresión de que el hombre contemporáneo renuncia a niveles personales de mayor realización, tanto espirituales como materiales, por la aversión al riesgo que la búsqueda de estos logros entraña. Esta impresión, de ser cierta, llevaría a la conclusión de que el hombre ha dejado de anhelar el máximo posible, para convertirse en aspirante a la mediocre seguridad. Yo, empero, sigo creyendo que el hombre, tal como ha sido creado por Dios, tiende de manera innata al mayor bien, a la mayor satisfacción, a la mayor felicidad; el hombre es por naturaleza "maximizador" en todos los aspectos de su vida y no sólo en el económico. Si el hombre de nuestro tiempo busca el contrato, en donde se cambia beneficio por seguridad, y abandona la maximización, que implica riesgo, es porque fuerzas exteriores a él le han separado de su esencial manera de ser. La culpa, en concreto, la tiene el mal llamado Estado de Bienestar, no por la atención prestada a los pocos necesitados de apoyo, sino por haber pretendido extender su capa protectora al inmenso número de aquellos cuyas capacidades debían haber sido puestas a prueba para que dieran los frutos de que eran capaces, y, en lugar de ello, han sido adormecidos por el exceso de seguridad, con cargo al presupuesto. Todos estos males nacen de un falso ideal: que todos los hombres sean iguales. Los hombres sólo son iguales en que todos, en el origen, han sido creados por Dios, en que todos han sido redimidos por Cristo y todos están llamados a la felicidad eterna. Fuera de esto, los hombres, por naturaleza, son genéticamente, fisiológicamente y psicológicamente desiguales. Es absurdo, por lo tanto, intentar corregir la acción de la naturaleza pretendiendo hacer iguales a los hombres o, lo que es todavía peor, que, siendo desiguales, lleguen a los mismos resultados. La única igualdad deseable es la igualdad ante la ley. En todo lo demás, la igualdad, fruto de la arbitrariedad y la coacción, es indeseable por esterilizante, así como la desigualdad, resultado de la libertad, es deseable porque constituye el más formidable estímulo al poder creador del hombre. Estoy convencido de que el riesgo, correlato ineludible de la libertad, tiene un inmenso poder creador. Pienso que la propensión al riesgo favorece la innovación y el progreso. Creo que el razonable amor al riesgo favorece la aventura empresarial, a través de la cual, al intentar maximizar el propio provecho, se logra la mejora colectiva. En contraste, me parece evidente que la seguridad tiene claros efectos paralizantes. Entiendo que el excesivo amor a la seguridad destruye la natural tendencia maximizadora del hombre y le convierte en aspirante al contrato de prestaciones mínimas. No me cabe duda de que la seguridad de tener cubiertos, sin esfuerzo, todos los aspectos de la vida produce el desinterés e inhibe la contribución del individuo al desarrollo de la sociedad, lo que conduce a estructuras cada vez más ineficaces y anquilosadas. |
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