El título, "la jubilación como una escalada", dada mi conocida afición al montañismo, fue sugerido por Pedro Schwartz y yo no tuve inconveniente en aceptarlo, porque la escalada tiene mucho de reto y no poco de aventura. Raymond de Carbonnières, el primero que coronó el Monte Perdido, en 1802, dice que es imposible explicarse la atracción que producen las montañas si no se recuerda que el hombre, por su índole misma, gusta de vencer los obstáculos, que su carácter le induce a buscar aventuras y que es peculiar de las montañas alimentar el afán de subir a la cumbre. Pienso que la jubilación, como la escalada, supone una aventura, porque con ella se inaugura una nueva forma de vida, pero, como la escalada, entraña también el reto de superar las consecuencias que el cambio trae consigo. De aquí, la idoneidad de la metáfora que late en el enunciado de mi intervención. Partiendo de este hecho, empezaré por recordar que cuando, hace diez años, se creó SECOT, tanto las entidades promotoras como las personas que fundaron la Asociación, tenían claro que el objetivo de la nueva entidad era resolver el problema personal -no económico- de los jubilados. Las divagaciones, que eso tal vez serán las palabras que me propongo pronunciar con motivo de la conmemoración de la fundación de SECOT, me conducen, en primer lugar, a preguntarme, si la entrada en una etapa de la vida que, etimológicamente, parece que no debería producir más que satisfacción o gozo, puede dar lugar a la aparición de problemas de orden no material. Es decir, pasar del trabajo al ocio, ¿puede ser causa de insatisfacción? Si así tuviera, forzosamente, que ser, ¿cómo lo compaginaríamos con la frase que Aristóteles escribió en su Ética a Nicómano y que traducida al pie de la letra diría: "estamos no ociosos para tener ocio"? Tal vez este trabalenguas se entenderá mejor si recordamos que los griegos, para expresar la actividad laboral, el trabajo cotidiano, no tenían más que una palabra negativa: "estar no ociosos". Y lo mismo sucede con el latín, lengua en la que el negocio no es más que el "neg-otium", el no ocio. Siendo así la frase aristotélica habrá que traducirla diciendo que "trabajamos para tener ocio". Lo cual conduciría a afirmar que la jubilación, la liberación del trabajo, es el logro pleno del fin para el que trabajamos. Sin embargo, todos hemos sido recientemente informados por la prensa del "síndrome de las vacaciones". A muchos altos ejecutivos americanos, más de una semana o, a lo sumo, dos semanas de vacaciones se les hace insoportable, generando en ellos una depresión que sólo pueden superar volviendo rápidamente a la oficina. Sería la confirmación de que, en la civilización contemporánea, "no se trabaja para vivir, sino que se vive para trabajar". Esta afirmación -que, sin duda, refleja una opinión corriente- contrasta tanto con la frase aristotélica antes citada, que, si se tiene en cuenta además aquella otra del propio Estagirita en su "Política" y según la cual "el ocio es el punto cardinal alrededor del cual gira todo", tendremos que concluir, con Josef Pieper, profesor de Antropología en la Universidad de Münster y a quien debo alguna de las cosas que voy a decir, que la concepción aristotélica del trabajo expresa, para nosotros, un mundo al revés, en el que se invierte, según nuestros parámetros, el orden natural; o, visto desde el otro lado, que los clásicos griegos no podrían comprender en absoluto nuestra máxima del trabajo por el trabajo. Pero la verdad es que el aforismo "el ave nace para volar y el hombre para trabajar", parece definir sensatamente el papel del hombre sobre la tierra. Así se deduce de las primeras páginas de la Biblia. En el capítulo primero del Génesis, leemos, en efecto, que "Dios creó al hombre a su imagen; lo creó hombre y mujer. Dios los bendijo y les dijo: "sed fecundos y multiplicaos; poblad la tierra y dominadla". Pero ¿cómo habría el hombre de dominar la tierra? El capítulo segundo, redactado de acuerdo con la tradición que llamamos jaweista, nos da la respuesta: "Jahwé Dios tomó al hombre y lo puso en el jardín de Edén para que lo trabajara". Trabajar es, pues, la misión confiada por Dios al hombre. Y esta es la historia de la humanidad. La lucha incesante para dominar la tierra, extrayendo de sus entrañas, mediante el trabajo, los frutos necesarios para la vida; y descifrando, mediante el trabajo, las leyes físicas, para hacer progresar la ciencia y la tecnología, al servicio de un mejor vivir. Por otra parte, sabemos, por propia experiencia, por observación de lo que ocurre a nuestro alrededor y por la enseñanza de la más sana filosofía, que el hombre tiende naturalmente a la felicidad. Todas las escuelas, desde la antigüedad greco-romana, están de acuerdo con el sentido común y con el más profundo deseo del hombre, en poner la eudemonía como término y aspiración última de toda la actividad humana. Sin embargo, esa afirmación tan categórica no puede tomarse como base para construir una ética de la conducta humana centrada en el egoísmo, que sería ciertamente criticable, ya que el propio Aristóteles, primero, y luego, de manera mucho más perfecta, el Aquinatense han dejado claro que la felicidad no consiste ni en la riqueza, ni en el placer, ni en el poder, sino en el logro de la "vida buena", que el filósofo Leonardo Polo, con una pizca de humor, dice que no hay que confundir con la "buena vida". No obstante esta aclaración, necesaria en el plano moral para un correcto entendimiento del eudemonismo, o filosofía del bienestar, sigue siendo evidente que el hombre, en su polifacético obrar, lo que busca inexorablemente es la felicidad. De donde se deduce claramente que el trabajo no puede ser un fin en sí mismo, sino un medio para alcanzar algo que es el bien aprehendido como tal por el intelecto, ya que la voluntad no puede apetecer nada sino bajo la razón de bien. Y tiende tanto más necesariamente hacia el bien conocido, cuanto mayor sea, en la aprehensión intelectual, la relación de necesidad entre el bien en cuestión y la felicidad. De aquí que la voluntad no se adhiera necesariamente a aquellos bienes particulares que no guardan relación necesaria con la felicidad, puesto que, en apreciación del sujeto, sin ellos uno puede ser feliz. En cambio, existen bienes que tienen relación necesaria con la felicidad, y cuando el hombre alcanza la certeza de esta relación, entonces su voluntad se adhiere necesariamente a estos bienes -trascendentes o no- en los que consiste la verdadera felicidad. Esta adhesión necesaria de la voluntad al bien conocido como supremo, o como conducente a él, no quita la libertad del hombre, ya que todo sujeto que posea libertad es, por naturaleza, libre, aunque no siempre obre libremente. Jean Paul Sartre, el filósofo existencialista que en tantas cosas erró, acierta al afirmar que "el hombre es necesariamente libre", coincidiendo con la doctrina tomista, según la cual "la voluntad apetece libremente la felicidad, aunque la apetezca de modo necesario. Sin embargo, en esta apreciación de lo que apetece como bien, el hombre que es libre, pero con una libertad imperfecta, puede errar y de hecho yerra frecuentemente, y yerra, en concreto, en relación con el trabajo. Este error práctico en orden al fin, trastrocando el valor instrumental del trabajo, para ponerlo al servicio de fines que, en verdad no pueden ser tales porque no tienen razón de bien, es algo que observamos o podemos observar continuamente en el comportamiento de nuestros semejantes e incluso en el obrar de cada uno de nosotros, si queremos ser sinceros. Como también nos es dado contemplar la cortedad de miras con que, frecuentemente, valoramos el sentido de lo que hacemos al trabajar. A este respecto no me resisto a traer a colación la anécdota, por más que pueda ser conocida, en relación con aquel personaje que se acercó a un cantero que, en la obra de la Catedral de Burgos, estaba labrando un sillar, y le preguntó: ¿qué está usted haciendo? A lo cual, el cantero respondió: "pues ya ve usted, picando piedra". Hecha la misma pregunta a otro cantero, este segundo dijo: "pues, señor, estoy ganando el sustento para mi familia". Interpelado un tercer cantero, éste, no sin un cierto noble orgullo, declaró: "estoy haciendo una catedral". Los tres, materialmente, hacían los mismo: labrar un sillar de granito; pero, intencionalmente, la postura era muy distinta y todos hemos apreciado que la motivación del obrar, en cada uno de los tres encuestados, había ascendido sucesivamente de categoría, para pasar del mero y rutinario picar piedra a la participación en una obra de creación artística. El relato, sea o no cierto, nos sirve para ver que uno es el fin de la obra y otro el fin del sujeto. Y que, en consecuencia, hablando en términos generales, una misma obra, supuesta, en sí misma, éticamente correcta o indiferente, puede ser enaltecida o envilecida por la intencionalidad, la motivación, del agente. Lo cual, aplicado a nuestras reflexiones sobre el trabajo, nos conduce a decir que una cosa es el trabajo, en sí mismo considerado, y otra cosa es el fin a que encaminamos nuestro trabajo o para el cual trabajamos. Tal vez esta distinción nos permita reconciliarnos con la frase aristotélica citada al empezar y que, en cierta manera, nos escandalizó. La frase "estamos no ociosos, para tener ocio" es decir, "trabajamos, ahora, para estar ociosos, el día de manaña", puede expresar una realidad racional, si ésta es la motivación del sujeto; si, al tiempo que trabaja y percibe la remuneración o el beneficio inherente al trabajo, acomoda su función de consumo y ahorro, de manera que llegado a un determinado hito de la vida, pueda disfrutar de un holgado ocio, gracias a la satisfactoria capitalización del suficiente nivel de ahorro, voluntariamente elegido, ante la patente insuficiencia del ahorro forzoso exigido por la Seguridad Social, tema en el que, por apartarse del núcleo de mis reflexiones, hoy no pienso entrar. Lo que quiero decir es que el ocio, mejor dicho, tener tiempo para el ocio, y confortable situación económica para disfrutarlo, puede ser un razonable motivo para trabajar, no sólo en el sentido de disponer de este tiempo en forma periódica, los fines de semana o durante las vacaciones, sino en el sentido de llegar a una situación permanente en la que el ocio sustituya el trabajo que hemos realizado a lo largo de años para llegar a esta coyuntura que llamamos de jubilación. Aguirre Gonzalo, que fue Presidente de Banesto, cuando alguien le preguntó: "Don José María, ¿para qué sirve el dinero?, contesto: "Para no pensar en él". Sabia postura que dista tanto del ambicioso deseo de acaparar fortuna sin tasa, como de la inconsciente despreocupación que conduce a no tener lo suficiente para vivir sin inquietudes ante los previsibles o imprevisibles avatares del futuro. En este sentido, lograr una holgada y gozosa jubilación, si se me tolera la redundancia, puede ser un razonable motivo para trabajar, de forma que, llegado el momento, la pérdida del trabajo reglado y remunerado, no se vea como algo lamentable, sino más bien como el cumplimiento del fin para el que se ha trabajado. Sin embargo, a mí y pienso que a muchos otros, la palabra jubilación -o, mejor, el sentido en que ordinariamente se usa- la palabra jubilación no me gusta. Recuerdo lo que me dijo, hace años, el alcalde de un pequeño pueblo rural, Vallfogona de Ripollés, con quien, por circunstancias que no hacen al caso, coincidí y charlé. Este alcalde que, en vez de conformarse con la suerte esperable para su declinante comunidad, había logrado, con imaginación y actividad, mejorar el nivel de vida del pueblo, me dijo: "Oiga, Termes, yo, si Dios quiere, cumpliré años y más años; podré llegar a pensionista, pero jubilado, jamás". Esta es exactamente la que yo pienso ha de ser la postura ante la relación trabajo-ocio. La pensión, fruto del trabajo, es la condición para poder disfrutar del ocio, que sigue al trabajo. Pero el ocio no es no hacer nada. No hacer nada es la manifestación de un vicio, la pereza. El ocio, por contra, es una virtud, en el hondo sentido de la palabra virtud, que significa fuerza, potencia. El ocio, que es algo muy superior al mero no trabajar, es un estado del alma que, silenciosamente, con la actitud festiva del que "huelga", contempla la realidad que nos rodea, tiene el oído atento al ser de las cosas, desde las cosas más sencillas, hasta los más profundos misterios divinos, pasando por la complejidad del mundo; y lo hace con la serena alegría de no poder siempre comprender el carácter secreto que lo envuelve todo. El ocio no es la simple pausa en el trabajo, ya que esta pausa, sea temporal, para recuperar fuerzas para seguir trabajando, sea definitiva, para disfrutar de lo trabajado, se inscribe en la cronología del trabajo, como una parte de él. El ocio, la capacidad de holgar, forma parte de las facultades fundamentales del alma humana, mediante la cual salimos del recinto angosto formado por la antinomia trabajo-paro que, en palabras del poeta negro americano Ricardo Wright, "son los dos polos de una existencia humana sin salida". Si el ocio no es no hacer nada, si estar ocioso no es no trabajar, ¿qué es lo que hay que hacer para vivir bien el ocio? No es fácil responder. Diogenes Laercio, citando al espartano Quilón, dice que tres cosas hay que ofrecen singular dificultad; a saber: guardar un secreto, sobrellevar el ultraje de una injusticia y hacer buen empleo del tiempo de que disponemos para el ocio. Pero de todo lo dicho hasta aquí, parece que la respuesta ha de asentarse no tanto en la materia de lo que se hace como en la intención del que lo hace, no en la obra sino en las motivaciones del que obra. Estas motivaciones, siguiendo la terminología empleada por Juan Antonio Pérez López, profesor que fue del IESE, pueden clasificarse en extrínsecas, intrínsecas y trascendentes. Motivación extrínseca es aquel tipo de fuerza que empuja a la persona a realizar una acción por las recompensas, o castigos, unidos a la ejecución de la acción; debido, en definitiva, a la respuesta que va a provocar dicha acción desde el exterior. Ello quiere decir que, desde el punto de vista de la motivación extrínseca, lo verdaderamente querido por el agente no es la realización de la acción de que se trate, sino las recompensas -en sentido amplio- que la persona espera alcanzar a cambio de la realización de la acción. La ejecución de la acción viene a ser una condición impuesta desde el exterior para que la persona alcance aquello que en el fondo le motiva. La motivación generada a través del salario, el pago de incentivos, la atribución de prerrogativas o el status en las organizaciones, suelen pertenecer a este tipo de motivación. La motivación intrínseca, en cambio, atrae a la persona para que realice una acción determinada -o una tarea concreta- a causa de la satisfacción que espera obtener por el hecho de ser el agente o realizador de esa acción. Lo verdaderamente querido por el sujeto, en la medida en que se mueve por motivación intrínseca, son las consecuencias que se seguirán, para él, del puro hecho natural de ser el ejecutor de la acción. Dichas consecuencias pueden abarcar desde la satisfacción producida por la realización de algo que le gusta hacer, hasta la satisfacción ligada al logro de un cierto aprendizaje, para cuya obtención es necesaria la reiteración de la acción. Finalmente, por motivación transcendente hay que entender aquel impulso que mueve a las personas a actuar por las consecuencias de sus acciones para otras personas. O, dicho de otra forma, que les impulsa a actuar para servir a los otros. El factor distintivo de esta motivación es que las necesidades que la acción busca satisfacer son necesidades de personas distintas de aquella que realiza la acción. A esta motivación nos referimos frecuentemente cuando hablamos de generosidad o espíritu de servicio. Esta motivación recoge el hecho de que un ser humano no es indiferente a las necesidades o las satisfacciones de los otros seres humanos. Contrariamente a lo que se pueda pensar de una sociedad aparentemente tan volcada al egoísmo, lo cierto es que la motivación trascendente es una fuerza de bastante intensidad dentro de los seres humanos. Al menos como energía dormida está allí y, frecuentemente, espera tan sólo una mano amiga que sea capaz de dar el toque para despertarla, como se saca del arpa el sonido escondido. Me parece claro que para la persona mayor, concretamente para el jubilado, la motivación extrínseca, cuyo paradigma es el dinero, que sin duda actuó durante su vida laboral, ha dejado de ser operativa, hablando en términos generales, desde el momento y hora en que el ingreso derivado de la pensión, que tiene causa en la actividad pasada, no se relaciona con la potencial actividad presente. Cosa distinta cabe decir de la motivación intrínseca, tipificada por el aprendizaje de algo nuevo y por la satisfacción, intelectual o sentimental, que la realización de la acción produce en el agente. Esta clase de motivación puede, desde luego, venir en ayuda del que ya no tiene obligaciones constreñientes y, de hecho, son muchas las personas que, rebasado el tope laboral, hacen cosas y llenan con gozo sus horas por la satisfacción de hacerlas. Pero sin duda alguna que el efecto positivo que acabo de describir quedará potenciado si a la motivación intrínseca se suma la motivación trascendente, en términos de prestación de servicio. El resultado es que el jubilado puede sentirse muy feliz, desarrollando actividades no remuneradas que, al tiempo que le permiten seguir realizándose internamente, prestan a los demás el servicio de la transmisión de los conocimientos teóricos y la experiencia práctica adquirida a lo largo de muchos años de actividad profesional. Esto es precisamente lo que hacen todos los que participan en actividades de voluntariado y en especial los Seniors de SECOT, profesionales jubilados y prejubilados que ponen al servicio de la sociedad su enorme caudal de conocimientos y experiencia profesional, acumulados a lo largo de su dilatada carrera, en forma de asesoría técnica y asistencia de gestión, para la creación consolidación y auge de pequeñas y medianas empresas; para facilitar la inserción de jóvenes en el mundo empresarial; y para la realización de proyectos de desarrollo de comarcas deprimidas, tanto españolas como de otros países. Mi más ferviente deseo, y con esto acabo, es que los Seniors de SECOT, los que hoy están aquí y los que, dispersos por toda la geografía española, nos acompañan desde lejos, todos hayan encontrado, o encuentren, la manera de continuar realizándose personalmente en tareas que proporcionan la doble satisfacción, por un lado, de mantenerse profesionalmente al día, actualizando los conocimientos y, por otro lado, de prestar a la sociedad un servicio de primera categoría y, en muchos casos, de carácter internacional. Ambas cosas, estoy seguro, han de dar un profundo sentido a sus vidas, elevando su nivel de autoestima y de utilidad social. |
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