Respuestas para el libro-encuesta "Nuevos 100 españoles y Dios"
de José María Gironella.
Editorial Planeta, 1994

1.- ¿Cree usted en Dios?

Sí, gracias a Dios creo en Dios. Y digo "gracias a Dios" porque, si bien por la sola razón, ante la perfección del universo -como montañero soy muy dado a contemplar la naturaleza- y ante la complejidad de la propia persona humana, llego al convencimiento de la necesidad de la existencia de una primera causa creadora y ordenadora de cuanto existe, la creencia en el verdadero y único Dios, Trinidad de Personas y Unidad de Sustancia, sólo puede ser obra de la fe. Y la fe es un don de Dios. Considero una gracia haber nacido en un país católico, en una familia cristiana -la inmensa mayoría de los hogares españoles son, por lo menos, de "humus" cristiano- y haber recibido antes de la semana el bautismo, que infunde la fe. Después, tuve una educación cristiana que desarrolló esa fe infusa y, gracias a Dios repito, a pesar de mis debilidades personales, nunca he perdido la fe ni he dudado de la verdad de la religión católica. Lo cual no me impide sentir un gran respeto por aquellas personas honradas que no creen, y con buena voluntad buscan, sin encontrarla, una fe que nunca tuvieron, o tal vez perdieron, y que, en algunos casos, desearían verdaderamente tener.

2.- ¿Cree usted que hay en nosotros algo que sobrevive a la muerte corporal?

Sí, lo creo firmemente. Creo que el alma de cada hombre y de cada mujer es inmortal, en el sentido de que empieza a existir, para unirse con su cuerpo en un momento concreto de la historia, que es el de la concepción, pero sobrevive a la muerte del cuerpo, para entrar en la eternidad. De nuevo ésta es una verdad asequible por la sola razón. De hecho, en la antigüedad, los filósofos paganos, partiendo del deseo innato de felicidad no plenamente realizable en esta vida mortal, afirman la inmortalidad del alma. Pero es por la fe que creo que, al final de los tiempos, los cuerpos de todos los hombres resucitarán incorruptibles, en forma que sobrepasa a nuestra imaginación y entendimiento, para unirse de nuevo con su alma.

3.- ¿Cree usted que Cristo era (es) Dios?

Creo efectivamente que Jesús de Nazaret, el Cristo, el Mesías esperado por Israel, que realmente vivió, como hombre, en Palestina, en tiempo de los emperadores Augusto y Tiberio, y murió en una cruz bajo el Procurador Poncio Pilatos, era Dios; el Hijo de Dios, el Verbo, la segunda persona de la Trinidad que, por obra del Espíritu Santo, se hizo hombre, sin dejar de ser Dios, en las entrañas de una Virgen hebrea, de la estirpe de David, llamada María. Y creo que es Dios, porque Jesucristo, después de resucitar de entre los muertos, vive eternamente en su naturaleza humana -cuerpo y alma- indisolublemente unida a la divinidad. Esta es la fe católica: Jesucristo es Dios y Hombre verdadero; en El hay dos naturalezas, la divina y la humana, en una sola persona: la del Hijo de Dios.

4.- Se afirma que en la actualidad las religiones, a excepción del Islam, sufren una crisis progresivamente grave. ¿Cree usted que ello es cierto? En caso afirmativo, ¿a qué atribuiría usted tal fenómeno que contrastaría con la proliferación de las sectas?

¿Podrían influir los incesantes avances de la Ciencia, de la Técnica y de la intercomunicación de los pueblos?

Pienso que, efectivamente, hay una crisis de religiosidad si con ello se quiere decir que es creciente el porcentaje de personas que no practican e, incluso, que se muestran indiferentes o escépticos ante el hecho religioso. A mi juicio, esto obedece a una crisis de comportamiento moral: parece evidente que las sociedades contemporáneas presentan síntomas preocupantes de reconocimiento social, con abstracción de toda categoría cultural, por el solo hecho de tener dinero, lo que, a su vez, genera el afán de enriquecerse rápidamente por caminos torcidos; síntomas de ostentación insultante de la opulencia; de deslumbramiento, con aplauso, ante el éxito fraudulento; de lucha desleal, con recurso a la zancadilla, para escalar posiciones con daño de terceros; de corrupción, cochecho y soborno para el logro de los propios objetivos; de comportamientos frívolos, permisivos o escandalosos aireados morbosamente; de crisis de la familia que empeora el problema de los jóvenes en busca del primer empleo o definitivamente marginados; de la reivindicación del derecho al aborto y a la eutanasia, para vivir más cómodamente; de frenesí por la diversión a cualquier precio, con muerte de los ideales, vacío de sentido y busca de sensaciones cada vez más excitantes.

Y una vez más se ha hecho verdad el aforismo: "si te comportas en contra de lo que piensas, pronto acabarás pensando de acuerdo con el modo como te comportas". La religión, en especial la religión cristiana, no es sólo un modo de pensar, es también un modo de vivir. La fe exige una conducta. El cristianismo es, ante todo, la adhesión personal a Jesucristo, pero esta adhesión entraña el compromiso de seguimiento por un determinado camino que es el de la moral cristiana. Esta moral no contradice los preceptos de la ley natural, cuyas normas, inscritas en la naturaleza del hombre, tienen carácter universal y permanente, pero las explicita y las completa.

Y la gente, para vivir como quiere, "a sus anchas", se ha ido quitando de encima los vínculos religiosos, sin darse cuenta que la libertad que pretenden recuperar es una falsa libertad que conduce a la esclavitud de la degradación de los valores humanos que, desgraciadamente, contemplamos en forma creciente. Porque la libertad no es hacer lo que me da la gana, sino hacer lo que debo hacer, porque me da la gana de hacerlo.

El aparente contraste entre la pérdida de religiosidad, en sentido estricto, y la proliferación de las sectas, se explica, a mi juicio, por la innata tendencia del hombre a hallar una explicación a lo que le supera, al misterio, y a investigar, por algún medio, lo desconocido, lo que tiene que suceder y, especialmente, lo que tiene que sucederle. A esto se une el deseo de encontrar una cierta satisfacción a su propia dimensión espiritual que, por soterrada que esté, subsiste. De aquí que, a medida que desaparece la práctica religiosa, aumenta la superstición, la afición a la magia, la adivinación, la nigromancia y, también, la adhesión a sectas que proporcionan una vaga espiritualidad, sin ningún compromiso vital.

5.- ¿En qué sentido cree usted que la Ciencia, la Técnica y la Intercomunicación de los pueblos influirán sobre el tradicional sentimiento religioso español?

La Ciencia, la Técnica, la Intercomunicación de los pueblos y cualquier otro avance de los conocimientos humanos, estrictamente hablando no pueden ir en contra de la religiosidad ni del pueblo español ni de ningún otro pueblo. Dios puso al hombre sobre la Tierra "para que la poseyera" con su trabajo. Por lo tanto, esforzarse para descubrir los secretos que encierran la Tierra y el Universo, del que forma parte, no es más que desarrollar el plan previsto por el Creador; luego los verdaderos logros humanos no pueden ir contra los lazos que ligan al hombre con Dios -que esto es, etimológicamente, la religión- sino que más bien deberían reforzarlos. Si en la práctica sucede, a veces, lo contrario, es porque se extraen consecuencias falsas de los descubrimientos científicos o técnicos. De la misma manera que el pensamiento filosófico que, en última instancia, conduce a Dios, pero a veces, por debilidad de la mente humana o perversión de la voluntad, le separa de El.

6.- ¿Ha experimentado usted alguna vivencia que haya influido sobre su actual actitud religiosa?

No, en la línea a que se refieren, a veces, los conversos, cuando relatan haber "descubierto" la existencia de Dios o haber "sentido" su presencia. Lo que yo simplemente he "vivido" es la paz interior ante las circunstancias, favorables o adversas, entendidas como queridas o por lo menos permitidas por Dios que "sabe más" que nosotros; y, como Padre nuestro que es, y le llamamos en la oración dominical, lo ordena todo, finalmente, para nuestro bien, aunque a veces, sobre todo ante la injusticia y el dolor, no seamos capaces de entenderlo.

7.- ¿Qué opinión le merece a usted la personalidad de Juan Pablo II? Se afirma que su gestión es polémica y contradictoria, avanzada en lo social, retrógrada en el campo moralista y doctrinal.

¿Qué explicación puede tener que en sus viajes congregue multitudes, lo mismo en los países desarrollados que en el Tercer Mundo?

Juan Pablo II, con independencia de su personalidad como Karol Wojtyla, de raza eslava, hijo del pueblo polaco, es el Papa, es decir, es el sucesor de San Pedro en la sede de Roma y, por lo tanto, la cabeza visible de la Iglesia de Jesucristo. Elegido por el Espíritu Santo, a través del Colegio de los Cardenales, debemos pensar que, como ha sucedido a lo largo de los siglos y a pesar de todas las miserias humanas, es el Papa que necesita la Iglesia de hoy. No ignoro que su actuación es enjuiciada negativamente por gente ajena a la Iglesia e incluso discutida por algunos sectores minoritarios de la propia Iglesia. La razón, a mi juicio, es que los primeros desconocen, lo cual no es de extrañar, y los segundos olvidan, lo cual es de lamentar, la naturaleza y fines sobrenaturales de la Iglesia y pretenden aplicarle los esquemas propios de la sociedad civil en la que, efectivamente, hay muchas cosas opinables que, en la práctica, se resuelven por el consenso o por la opinión mayoritaria. Pero en la Iglesia no puede ser así.

Hay gentes que se quejan de que la Iglesia, y su máxima autoridad que es el Papa, no sintonizan con el sentir dominante de nuestro tiempo. Pero es que la Iglesia, que tiene que comprender y comprende las maneras de ser de las sociedades en las que ha vivido a lo largo de veinte siglos, no puede conformar su doctrina con la opinión reinante en cada momento. Por la sencilla razón de que la Iglesia ha recibido de su Fundador un depósito que debe custodiar y transmitir íntegro e inviolado.

Sobre esta base a mí no me parece que Juan Pablo II sea ni avanzado en lo social ni retrógrado en lo doctrinal y moral. A mí me parece que, en todos los campos, el Papa se comporta de acuerdo con las exigencias del Evangelio, evolucionando en aquello que es transitorio y puede variar con los tiempos y las circunstancias, y defendiendo con valiente fortaleza, guste o no guste, aquello que por pertenecer a la constitución divina de la Iglesia es invariable.

Y me parece también que es, precisamente, esta fortaleza en la fe y en la moral, junto con el cariño humano que pone en su predicación, lo que, en contraste con minorías más o menos vociferantes, atrae a la gran mayoría de las gentes, incluso no católicas, que, ante la falta de convicciones sólidas en tantas instancias civiles y eclesiásticas, ven al Papa actual como el líder capaz de dar respuestas claras y seguras a las grandes interrogantes de nuestro tiempo. Esto explica el fervor multitudinario con que es acogido en sus viajes, tanto en el mundo subdesarrollado como en el desarrollado.


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